Y...PASARON LOS AÑOSCuando empecé el BUP me cambiaron de colegio, para ir al instituto. Era como en EGB, mixto, y la mayoría de los niños nos conocíamos ya. Quiero pensar que el tiempo pasó y los primeros cambios físicos también llegaron. Empezamos a hablar en los recreos de la regla, de las relaciones con chicos... Las revistas de mi madre, a las que nunca había prestado demasiado atención salvo para mirar las fotos de esas mujeres tan guapas y bien vestidas, eran una continua fuente de información. Cuando mi madre, las tiraba si había algún artículo interesante para mí o para mis amigas, las cogía y en los recreos las leíamos. Había decenas de anuncios que presentaban a mujeres fantásticas, altas y delgadas, animando a los lectores a tomar unas píldoras “de venta en farmacias” remarcaban, para adelgazar. Otras veces, en vez de píldoras, eran gotas; otras, hierbas medicinales...
En las clases de biología nos explicaron el funcionamiento del cuerpo humano, pero nos parecía que lo que decía la señorita era menos natural que lo que leíamos en las revistas.
Tuve mi primera regla a los catorce años. Me acababa de levantar de la cama cuando lo sentí.
A partir de entonces mi cuerpo se formó y crecí bastante. Al principio no aprecié los cambios ni les di mucha importancia. Me empezaron a gustar los chicos, cambiamos nuestros hábitos de vida, llegaron los primeros cigarros, sustituimos el chocolate con churros por los calimochos, empezamos a salir en pandilla, me empezó a preocupar la ropa, el corte de pelo, el acné, empecé a ser algo desordenada... Enseguida mi madre me llamó la atención .Desde pequeña me había inculcado su obsesión por el orden. A veces, sobre todo cuando empecé a ir a casa de mis amigas,
pensaba si no viviría en una especie de museo en donde todo tenía su hueco. Mi amiga Ruth era tan alta como yo, pero más delgada. Tenía unos inmensos ojos enmarcados en unas kilométricas pestañas que al rizarlas con rimel se hacían más grandes. Su pelo era castaño muy, muy liso. Los chicos decían que estaba muy buena y siempre que pasaban a nuestro lado la miraban a ella.
Empecé a imitarla en su forma de vestir. Sin embargo, cuando íbamos de compras ella utilizaba la 14 o la16 y yo casi nunca encontraba tallas para mí. Cuando nos metíamos en el probador observaba su vientre liso y plano, como solían definirlo las revistas de mi madre. A mí las camisetas me apretaban mucho y los pantalones me hacían daño. Así que, mientras me conformaba con pantalones abolsados y camisas flojas, Ruth llevaba camisetas o jerséis mini, con pantalones de talle bajo o faldas muy cortas, que le hacían unas piernas inmensas. Sabía que era guapa y empezaba a notar el impacto que causaba en los chicos, no sólo en los de nuestra clase, sino en los mayores. Solíamos ir a juntas a clases de tenis. Cuando llegábamos al polideportivo los chicos se volvían, dándose codazos unos a otros, y entre, sonrisas, hacían apuestas para ver quién se la ligabaAl principio nos poníamos coloradas, pero a Ruth le encantaban esos juegos. Me imagino que a mí también me hubiesen gustado si no escuchase cuando llegábamos o salíamos del polideportivo, entre risitas:
- La gorda y la flaca.
-Idiotas - contestaba Ruth moviendo sus pelo.
Cuando a veces iba sola por el pasillo del instituto y me encontraba con alguno de los chicos que estaban colados por Ruth, escuchaba epítetos como “culona”, que era el más leve. Aparte de nuestra preocupación por el físico, la forma de vestir o lo que pensábamos hacer en el futuro, nuestra vida más inmediata cambió. No nos gustaba mucho beber y no solíamos ir con el grupo del instituto a un parque del barrio, algo alejado de las casas, donde todos los sábados se organizaba una especie de botellón. Además nuestros padres nos hacían volver, pronto (bueno, si lo comparábamos con el horario del resto de la pandilla) a casa.
-¿Ya os vais? ¡Aburridas!- Era lo que nos solían decir cuando a las nueve dejábamos el grupo
Un día en verano, al terminar los exámenes, nos quedamos hasta tarde y lo que vimos no nos gustó. El sitió de la reunión era un campo cercano al instituto. A penas había luz y las casas más cercanas quedaban lo suficientemente lejos para que los vecinos no se enterasen bueno, enterar estaban enterados, lo sabía todo el barrio. La gente estaba demasiado animada... No eran ya calimochos o un par de cervezas, las botellas de whisky, ron, coca cola, ginebra o briks de vino se mezclaban en un raro cóctel de sabores y olores indefinidos. Había extrañas parejas morreándose, otras buscaban algo diferente. Los más, sentados en círculo y como si de un extraño ritual se tratase, se pasaban las botellas, que, tras rodar y rodar entre las manos, terminaban vacías. Sabíamos que Ángel, un compañero de clase, tenía demasiada afición a la bebida, o al menos eso contaba a quien le quisiese escuchar.
-¡Menudo fantasma! “el angelito" -señalaba Ruth cuando los lunes llegaba al instituto contando sus hazañas con la bebida
-¿Tú crees?
-¡Jo, tía! Nadie puede beber tanto. Lo dice para impresionar
¡Qué equivocadas estábamos!
Cuando la juerga empezó de verdad, Ángel, resbaló y se cayó al suelo. Nos acercamos a su lado con el fin de ayudarlo
-Vamos, Ángel, te acompañamos a casa -dijo Ruth, mientras yo me ponía en cuclillas para levantarlo.
-No -gritó con agresividad, golpeando mi brazo con sus sucias manos.
-Vamos -alegamos las dos al mismo tiempo
Nos miró con ojos enrojecidos de cordero degollado. Estaba sudando pero sus manos estaban heladas. Tenía la boca entrecerrada y a duras penas podía tenerse en pie.
-De...jazz...me -balbuceó
A nuestro alrededor la fiesta seguía. A nadie parecía importar ni nuestra presencia ni el calamitoso estado de Ángel. Las risas y las palabras subidas de tono, tanto por el volumen de la voz como por las obscenidades que escuchábamos, eran continuas. Parecía un concurso de imbéciles alelados, que repetían machaconamente las mismas frases. Ante tal espectáculo
insistimos:
- Vamos -dijo Ruth
-Ahora -grité yo,
Quizá fue el tono autoritario de la voz o quizá no. Estaba tan mal que posiblemente ni se enteró. Nos miró sin ver, primero a mí, luego a Ruth
-Me en...cuen...tro mal -confirmó atropelladamente, casi sin poder hablar. Se llevó las manos a la cara.
Cuando la juerga empezó de verdad, Ángel, resbaló y se cayó al suelo. Nos acercamos a su lado con el fin de ayudarlo
-Vamos, Ángel, te acompañamos a casa -dijo Ruth, mientras yo me ponía en cuclillas para levantarlo.
-No -gritó con agresividad, golpeando mi brazo con sus sucias manos.
-Vamos -alegamos las dos al mismo tiempo
Nos miró con ojos enrojecidos de cordero degollado. Estaba sudando pero sus manos estaban heladas. Tenía la boca entrecerrada y a duras penas podía tenerse en pie.
-De...jazz...me -balbuceó
A nuestro alrededor la fiesta seguía. A nadie parecía importar ni nuestra presencia ni el calamitoso estado de Ángel. Las risas y las palabras subidas de tono, tanto por el volumen de la voz como por las obscenidades que escuchábamos, eran continuas. Parecía un concurso de imbéciles alelados, que repetían machaconamente las mismas frases. Ante tal espectáculo
insistimos:
- Vamos -dijo Ruth
-Ahora -grité yo,
Quizá fue el tono autoritario de la voz o quizá no. Estaba tan mal que posiblemente ni se enteró. Nos miró sin ver, primero a mí, luego a Ruth
-Me en...cuen...tro mal -confirmó atropelladamente, casi sin poder hablar. Se llevó las manos a la cara.
La juerga seguía. ¡Qué asco! ¿Sería siempre así? Tiramos de los hombros de Ángel para intentar levantarlo, pero era bastante alto y grueso, por lo que, ante la poca ayuda por parte de nuestro colega, nos costó ponerlo en pie. Al fin lo logramos y se agarró a nuestros hombros. De repente se soltó y se quedó atrás. Al volvernos lo vimos agachado vomitando sobre el pavimento. Se incorporó de nuevo y se sujetó la cabeza. Nos acercamos, ofreciéndole un paquete de klinex. Lo cogió y cuando había empezado a limpiarse las comisuras de los labios, de nuevo vomitó. Se dobló sobre su cintura como un junco mecido por el viento. Instintivamente nos separamos. A pesar de estar al aire libre, el olor ácido hizo que nos tapásemos la nariz
-¡Qué asco! -exclamé
-¡Dios, mío, no me lo puedo creer! Fueron las palabras de Ruth
Nos quedamos como estatuas mirando. La visión era patética ¿Sería ése el final de las famosas acampadas, como se referían en el instituto a este tipo de actividades?
Se incorporó de nuevo, pasando sus manos por la cara. Una extraña mueca se formó en su boca. Nos miro como alelado
-Oye tenemos más klínex -se los ofrecí alargando la mano
-Gracias
Al retirar mi mano sentí el olor acre que el simple roce con los dedos de Ángel me había dejado. Me la restregué sobre mis pantalones, intentando que se desvaneciese. Nos pusimos en marcha. Por el camino se limpió la cara como pudo, también las manos. Tenía la cazadora llena de manchas, el pelo revuelto, la frente sudada, las zapatillas sucias. ¿Cómo era posible que sus padres no se enterasen, si esto ocurría cada sábado? Lo acompañamos en silencio por las calles del barrio hasta llegar a su casa. Apenas nos encontramos con transeúntes o vehículos. Eran las once de la noche y, a pesar de ser verano, en el barrio la gente se acostaba temprano. Pocas luces se veían en los edificios. Habíamos llegado. Sacó la llave del bolsillo, intentó abrir, pero le temblaban las manos. No atinaba con la cerradura.
-Trae, dámela -ordené
La llave giró varias veces y Ángel se metió en el portal sin mirarnos. Creo que ni siquiera nos dijo adiós
-Hasta luego -Fue nuestra despedida
Ruth cruzó la calle yo seguí caminando hasta llegar a mi casa. Mi madre estaba despierta.
-Elena -llamó
Me acerqué a su habitación ¿Estas despierta?
-No podía dormir ¿Lo has pasado bien?
-No mucho. Me voy a la cama -manifesté mientras caminaba por el pasillo.
-Hasta mañana,
Vi como la luz, que apenas iluminaba su habitación, se apagó. El lunes, en el colegió, Ángel evitó saludarnos. A partir de entonces nunca nos volvió a hablar...
Me acerqué a su habitación ¿Estas despierta?
-No podía dormir ¿Lo has pasado bien?
-No mucho. Me voy a la cama -manifesté mientras caminaba por el pasillo.
-Hasta mañana,
Vi como la luz, que apenas iluminaba su habitación, se apagó. El lunes, en el colegió, Ángel evitó saludarnos. A partir de entonces nunca nos volvió a hablar...




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