¡¡aDVeRTeNCia!!

jueves, 13 de noviembre de 2008

Bajo en Calorías 3

MODA Y DISEÑO
Ruth aparte de guapa, era muy divertida, pero muy mala estudiante. Empezamos a quedar a menudo para estudiar. Yo la ayudaba con las matemáticas, la física y la química. Ella me decía cómo ponerme el rimel y el pintalabios. Sabía que me gustaba dibujar y muchas tardes, cuando venía a casa, me decía que no pensaba esforzarse mucho. Quería estudiar Peluquería para poner a la gente guapa. Cogía mis estuches de lápices y dibujaba con bastante destreza peinados
- ¿Qué te parece este corte? ¿Y esta melena? ¿Tú crees que alguien se pondría el pelo azul?
-Bueno, venga, deja el pelo. Vamos a seguir, si no las derivadas no sé cómo vamos a solucionarlas ¿o las vas a pintar de verde?
-¡Qué pesada! Eres tan antigua como mi abuela. Oye, ¿tienes alguna revista, de las que lee tu madre, para ver lo que se va a llevar en invierno?
-Si, pero ahora está en el salón. Cuando se vaya la cogemos.
No es que a mi madre le importase mucho que mirase sus revistas, pero nosotras queríamos ver no sólo la moda, sino también los espacios que había dedicados al sexo: “Como se liga “, era el nombre de una sección que solíamos leer. A mí empezaron también a interesarme los temas dietéticos, con sugerentes menús ligeros, adornados con frutas exóticas y productos imposibles.
El PROBLEMA
Puede que mis padres, al principio, no supiesen interpretar mi enfermedad. Cuando yo decidí que estaba gorda, a mi abuela le detectaron Alzheimer.
Un día, cuando estaba llegando al portal, encontré a mi madre vestida con un abrigo gris y el bolso negro de piel que solía utilizar cuando salía, dirigiéndose a la esquina de la calle donde estaba aparcado el coche de mi padre
-¿A dónde vais? -pregunté sorprendida
-Nos ha llamado una vecina de tu abuela. Parece que esta mañana salió a la compra y a la hora de pagar les dijo que se había olvidado la cartera, pero la notaron muy temblorosa y decía que estaba cansada. Preguntó si se podía sentar y cuando llegó una de las vecinas que suelen hacer la compra allí y conoce a tu abuela, se la llevó a casa. Nos llamó para decirnos que estaba muy triste como ausente. Así que vamos a buscarla para llevarla al médico. Se dio la vuelta y se dirigió al coche. Saludé a mi padre con la mano y me metí en el portal Cuando llegué a casa deje los libros sobre la mesa del salón. Entré en la cocina mi madre, me había dejado sobre la encimera puré de verduras y espaguetis con carne. En una de las revistas había leído un régimen fantástico, que hacían las estrellas de cine. Decían que no deberían tomarse hidratos de carbono, por lo que pensé que los espaguetis, catalogados en esa revista como hidratos de carbono, tendrían un mejor destino que mí estomago: la basura. Tomé sólo el puré de verduras y me sentí feliz. Cogí una bolsa del supermercado y eché en ella la ración que mi madre calcularía que yo había tomado, la dejé encima de la mesa y me fui un rato a mi cuarto. Me tendí encima de la cama, pensado en un plan para comer poco sin que mis padres se diesen cuenta. Convencí a mi cabeza y a mi conciencia que sólo eran un par de kilos, y con las revistas de mi madre me podría construir un régimen mejor que el de “los expertos”. Deje volar mi imaginación recreando imágenes placenteras de mujeres seductoras, como las que salen continuamente en la revistas y en los programas de televisión. No quería que volviesen a llamarme gorda. Quería parecerme a Ruth a Marta y a otras chicas de mi clase con las que todos los chicos querían salir. Mi mente empezó a trabajar muy deprisa. Aparecieron secuencias, como fotografías de un publirreportaje, en las que me veía, no sé si guapa, pero si delgada. El pasado ya no era importante. Durante toda mi infancia había hecho lo que los demás querían. Ahora era mi tiempo. Estaba eufórica, el futuro era mío. Como siempre, a las cinco salí con destino a casa de Ruth, cogí la bolsa con la comida y al salir a la calle, discretamente miré a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo, antes de depositar la bolsa en el contenedor de la basura. Ahora, cuando analizó este episodio, me parece imposible que todo hubiese sido tan fácil. Subí los cinco pisos andando. Llegué agotada, con una molestia en el costado. Me costaba respirar. Su madre me abrió la puerta
-Hola, Elena. Te veo acalorada
-Si. Subí andando
Me franqueó la puerta de entrada, separando su cuerpo para dejarme pasar.
Había estado en casa de Ruth desde que éramos pequeñas, por lo que casi conocía de memoria el número de pasos que tenía que recorrer por el estrecho pasillo para llegar a su habitación. Al entrar en la estancia, Ruth estaba tirada encima de la cama, pintándose las uñas. La música resonaba en las paredes de su habitación. Se incorporó al verme y apagó la cadena que las últimas navidades le habían regalados sus padres
- -Hola. ¿Te gusta este color? -dijo moviendo las manos
-Es demasiado fuerte, ¿no? -pregunté
A media tarde estaba muerta de hambre, las tripas me crujían. Ruth se cansó de estudiar nada más empezar-
-Bueno, lo dejamos, Es un rollo -manifestó
-Oye, que el examen es la semana que viene. No nos va a dar tiempo
Me miro sonriendo.- Vamos a pensar en algo diferente... ¿Quieres un “Kit-Kat” o, un “Marxs”? -preguntó
-Me da igual -respondí, encogiendo los hombros
Nunca algo me había parecido tan bueno. Saboreé de verdad la barra de chocolate con galleta y caramelo. Comí despacio, como si quisiese que el dulce me durase eternamente. La galleta sabía a vainilla, el caramelo, a tofe; el chocolate tenía un toque amargo que, al fundirse con el resto de los ingredientes en la boca, lo hacía especial. Seguimos charlando y Ruth me preguntó:
-¿Te has fijado en Jorge, el chico que está en tercero de BUP?
La miré con los ojos muy abiertos. Ese día Ruth vestía una camiseta negra que no le llegaba al ombligo y unos vaqueros anchos y largos que, como una escoba, barrían el suelo por donde pasaba. Como pude pregunté:
-¿El alto de zapatillas All-Star y vaqueros Lewis? ¿Es ese?
-Jo, y dices que no te fijas en los chicos -contestó gesticulando. La cara de Ruth se iluminó
-Ya. Bueno, me llamó –confirmó sonriendo
-¿Sí?
-Quedamos para el sábado.
-Para el sábado... -repetí susurrando.
La noticia me había dejado impactada. Siempre había pensado que Ruth y yo no íbamos a salir con chicos solas, que cuando a ella algún chico le preguntase si quería salir con él, a su vez alguien me lo preguntaría también a mí. Mi ordenada vida me dio su primer toque. A veces lo que esperamos, lo que queremos, lo que en el subconsciente deseamos, como dicen los psicólogos, no se transforma en realidad
-Elena..., Elena, vuelve -dijo chasqueando los dedos.
-Si -contesté con amargura
-¿En qué estabas pensando? Te quedaste tan callada...
-Ah -disimulé como pude-, es muy guapo.
Estaba a punto de preguntarle si iba a salir a partir de ahora con él, si los sábados ya no íbamos a ir al videoclub, si dejaríamos de jugar al tenis, si dejaríamos...
De repente recordé que había prometido a mi madre llegar temprano, así que me levanté de la mesa, le conté lo de mi abuela y me fui. Al salir a la calle comprobé que estaba lloviznando. Como no había llevado paraguas, me coloqué la capucha del chubasquero azul que me habían regalado en mi cumpleaños y me dirigí a casa. Desde la calle vi la luz del salón encendida. “Bueno ya han vuelto” pensé.
Abrí la puerta y la voz de mi padre me introdujo en el ambiente:-... Será poco tiempo. Sólo son unas pruebas Saludé al llegar al salón. Mi abuela estaba sentada en el sillón de terciopelo azul, mi padre en el sofá
-Hola –dije -¿Y mamá? –pregunté.
-Hola, Elena, ¿Vienes de estudiar? -preguntó mi padre
Me acerqué hacia el sillón que ocupaba mi abuela, me arrodillé sobre la alfombra, cogiéndole la mano, acariciando sus nudosos dedos. Le sonreí.
-Abu, ¿qué té pasa? – pregunté, esbozando una sonrisa.
-Ay, hija, que soy vieja -contestó agarrando con sus manos los dedos que la acariciaban.
El comentario me entristeció .Me levanté del suelo y salí del salón. Esa noche empezó mi calvario. Fue la primera noche que no cené

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