BAJO EN CALORIASLos días se transformaron en meses y los meses en años. Este tiempo coincidió con mi obsesión, al principio, por comer poco, luego casi nada y al final me convertí en una enferma. Había dejado de salir con Ruth. A veces quedábamos para estudiar, pero nunca fue lo mismo. Como mis padres estaban muy pendientes de mi abuela, había descubierto que los momentos de la comida eran los mejorespara que no se fijasen en mí. Empecé con el desayuno. Pensé que con eso sería suficiente. Mi madre se levantaba, llamaba a la puerta de mi habitación y ayudaba a mi abuela a levantarse para ir al cuarto de baño. Dicen que el Alzheimer es una enfermedad que avanza muy rápido. En el caso de mi abuela pasó de pequeños problemas de memoria y dificultad para acordarse del nombre de los objetos a una falta casi total de coordinación en sus movimientos y en el habla. Apenas la entendíamos, y llegó un momento en que no se quería o podía, lo desconozco, levantar. Así que me ofrecí con los desayunos. Preparaba el de mi padre y hacía las tostadas para mi madre, que a esa hora ayudaba a mi abuela. Cuando mi padre llegaba tenia la mesa perfecta: su plato sobre el mantel, la servilleta doblada, los tenedores bien colocados, la taza de café a la derecha, los pequeños rulos de mantequilla...
-¿Has desayunado ya?- preguntaba
.-Claro, claro... Si no, no me da tiempo a ducharme, vestirme y hacer la cama
La realidad es que mi desayuno durante dos años fue un vaso de agua. Cuando tenía hambre en el colegio, me tomaba unas barritas dietéticas que había visto en una estantería del supermercado. Las anunciaban como adelgazantes en letras muy grandes: “BAJO EN CALORIAS”
Un día, en clase de informática, mientras nos enseñaban las aplicaciones de Power-Point, tuve una especie de mareo. Me dolía mucho la cabeza y de repente una nube tapó mis ojos. Me llevé las manos a la cabeza y luego me pasé los dedos por los ojos, con el fin de retirar esa especie de niebla que me impedía ver. Las piernas me temblaban. Inspiré profundamente y eché la cabeza hacia atrás. Pasaron unos minutos, me levanté como pude y le dije a Miguel, el profesor:
-¿Puedo salir al baño?
-¿Te encuentras bien?- preguntó
-Sí, sí, - convine
Cuando llegué al vestuario de chicas y me refresqué la cara. Eso me reconfortó. Me dejé caer sobre un banco de madera y apoyé mi espalda contra los azulejos de la pared. Las ventanas estaban abiertas y el aire fresco me despejó. Me metí la mano en el bolsillo, encontré un caramelo de mentol, lo desenvolví y me lo llevé a la boca. Entonces no sabía lo que era una hipoglucemia, pero el azúcar y el sabor fresco y picante del mentol despejaron mi embotada cabeza. Pasados unos minutos, me levante y volví al aula .Miguel el profesor, se acercó a mi pupitre
-¿Estás bien? -preguntó.
-Sí, ya mejor -respondí cortante
Al terminar la clase, cuando nos levantamos para cambiar de aula, me llamó:
-Elena, no te vayas ¿Puedes venir?
Me acerqué, sorteando las mesas de los ordenadores, hasta la del centro, donde Miguel guardaba los disquetes con el nombre de los alumnos escritos en una pegatina. Era uno de los profesores más jóvenes del instituto, pero su barba negra y sus gafas de cocha le hacían parecer mayor “El abuelo de Heidi” era su apodo. Me paré mirándole
- ¿Qué quiere Profe?
-¿Te encuentras bien?
-Sí -añadí
-Oye, no te molestes por la pregunta, ¿has desayunado?
Me flojearon las rodillas. Rehuí su mirada y tardé unos segundos en contestar:
-Sí -Fue la seca respuesta
-Vale. Sólo lo preguntaba por si necesitabas tomar algo.
Me di la vuelta y salí al pasillo. El timbre anunciando el comienzo de las nuevas clases sonó y orriendo me dirigí al aula. Al entrar vi una mesa vacía en medio de la sexta fila. Sorteé los pupitres y me senté.
Qué quería?- -me preguntó Marta, una compañera, haciendo una mueva burlona. ¡Chorradas!
-Sí, ya mejor -respondí cortante
Al terminar la clase, cuando nos levantamos para cambiar de aula, me llamó:
-Elena, no te vayas ¿Puedes venir?
Me acerqué, sorteando las mesas de los ordenadores, hasta la del centro, donde Miguel guardaba los disquetes con el nombre de los alumnos escritos en una pegatina. Era uno de los profesores más jóvenes del instituto, pero su barba negra y sus gafas de cocha le hacían parecer mayor “El abuelo de Heidi” era su apodo. Me paré mirándole
- ¿Qué quiere Profe?
-¿Te encuentras bien?
-Sí -añadí
-Oye, no te molestes por la pregunta, ¿has desayunado?
Me flojearon las rodillas. Rehuí su mirada y tardé unos segundos en contestar:
-Sí -Fue la seca respuesta
-Vale. Sólo lo preguntaba por si necesitabas tomar algo.
Me di la vuelta y salí al pasillo. El timbre anunciando el comienzo de las nuevas clases sonó y orriendo me dirigí al aula. Al entrar vi una mesa vacía en medio de la sexta fila. Sorteé los pupitres y me senté.
Qué quería?- -me preguntó Marta, una compañera, haciendo una mueva burlona. ¡Chorradas!




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