Mi cuerpo, como debería ser el mundo.Como la huella en el agua, que no tenga nada dentro.
Que sólo suene de alarma el gemido de mis vísceras.
Siempre voy gélida.
Y mastico nerviosa cubitos de hielo para atemperar al corazón.
Lúcida en este frío insomnio.
Ya soy la esbelta silueta que dibujaba en un papel el que vestía a las princesas.
Y la comida esa intrusa que peso en la balanza me entumece los sentidos.
Pero no es bastante exigua mi sombra en la pared.
Y el espejo todavía refleja mi carnosidad como si la báscula mintiera.
¡Vamos!
Menos calorías. Más levedad. Más mentiras. Más trampas.
¡Vamos!
Más jugos en el remolino del agua…
¡Dios mío!
Mi cuerpo como debería ser el mundo.
Tan curvado ya en el tallo, con tanta arena en la sed.
Con ese voladizo que me oculta de la luz.
Con esa hondura que me da vértigo.
Y mi boca, mi boca, cómo regurgita los latidos que me sobran.
Cómo deviene mi garganta en ese ojo irritado como el de una aguja por el que sólo pasa el asco.
Y este vello fino y largo que me mece el miedo.
¡Dios mío!
Mi cansancio, mi enorme cansancio…
¡¿Es que no hay nadie ahí?!




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