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martes, 18 de noviembre de 2008

Bajo en Calorías 5

COLORES Y CALORIAS
Por alguna razón, aunque tenía amigas, me encerré bastante en mí misma y empecé a salir muy poco. Seguía estudiando, pero empecé a holgazanear, no comer y mirar las revistas de mi madre para construir tablas calóricas y repasar mentalmente, cuando tenía la comida en el plato, la cantidad que podía o debía ingerir según los “gurús”. Al fin y al cabo, las matemáticas siempre se me dieron bien. Desde el punto de vista práctico, éste era un bien sistema.Mis padres apenas se daban cuenta de lo que me servía y menos de lo que dejaba.
Cortaba la comida en pequeños pedacitos y daba vueltas y vueltas infinitas a los trozos de carne o pescado. Hacía pequeñas agrupaciones por colores; guisantes, patatas, zanahorias...Calculaba y “voila”
Al principio de la enfermedad de mi abuela mi madre y yo la llevábamos después de comer, a dar un paseo alrededor de la manzana. Si hacía buen tiempo, íbamos hasta lo que en su día habían sido unas cuidadas huertas y sin saber cómo (bueno, sí, cuando dejaron de trabajarse) se transformaron en una extensa pradera que nadie se ocupaba en cuidar. En primavera, montones de margaritas y amapolas rojas, junto con la hierba, formaban un colorido tapiz, que yo llegué a pintar. Todavía conservo el cuadro. Es obvio que no es bueno, pero esa fotografía forma parte de la historia de mi vida. Puedo evocar cuando lo contemplo; el olor de la tierra húmeda, el calor suave del sol de poniente cuando sentada en un banco de piedra veía, junto a mi abuela, llegar el crepúsculo. La higuera salvaje que crecía en medio de la nada, las pisadas de la gente que paseaba abriendo senderos, la desvencijada silla de hierro oxidada...tantos y tantos recuerdos. Con el tiempo mi abuela dejó de salir, así que me turnaba con mi madre para pasearla por el pasillo.
-Abuela, cuando estés mejor volvemos a salir a la calle -le comentaba para animarla Muchas veces, cuando volvía del instituto, la encontraba sentada en el sillón con una mirada ausente, la cabeza ladeada y una especie de mueca, por la que salía la saliva. Con un pañuelo le limpiaba las comisuras de los labios, y creo que en algún momento esbozaba una sonrisa
En sus breves instantes de lucidez nos acordábamos de momentos importantes de nuestra vida en común o de la suya. Al final, ya ni siquiera eso. Un día que había salido tarde de casa, en la puerta del instituto me encontré a los típicos memos (hoy los llamaría así; entonces eran”guays”), que al verme se echaron a reír
-Foca -escuché al pasar.
Fue tan humillante, que sentí el impulso de pararme y abofetearlos. Con los ojos empañados entré el instituto, restregándome los ojos con las mangas de la sudadera en los ojos. Por primera vez, desde que había empezado mi régimen, notaba que los pantalones me quedaban flojos, que mi cintura había disminuido. ¿Por qué entonces, me insultaban? Sin mucho éxito, intenté organizar los miles de sentimientos que se agolpaban en mi mente. Sin embargo, mi cabeza era un caos. Estiré con las manos las mangas de la sudadera, como si quisiese tapar cualquier parte visible de mi cuerpo. Corrí por el pasillo. Sentí los pasos de alguien detrás. Volví la cabeza y vi al profesor de inglés caminando hacia la clase “Uf –pensé no llego tarde, menos mal
Al traspasar el umbral de la puerta, Ruth me señalo el asiento, vacío a su lado
-¿Te ha pasado algo? -preguntó
-No -respondí con amargura
-¿De verdad? -preguntó- tienes la cara roja y los ojos como de llorar
-Es que hoy ha sido horrible. Tuve que ayudar a mi madre con mi abuela y casi no llego. El tiempo siguió pasando...
Un día de primavera las revistas de mi madre me señalaron otra parte del camino: “OPERACIÓN BIQUINI”, era la portada de una.”EL EJERCICIO ADELGAZA”, era el titular de otra. “TODO LO QUE DEBEMOS HACER POR UNA TALLA MENOS”, sugería otra.
Consejos y más consejos, fotos y más fotos, recetas y más recetas. Con la disculpa del tenis, volví a salir. Conocí a gente nueva. Uno de los chicos que iba al polideportivo me empezó a gustar. Era alto tenía los ojos de un color indefinido: miel, avena oro, no sé; no encuentro el color. Quizás cambiaban con la luz. Me reía con él y a veces, cuando al salir coincidíamos, me acompañaba a casa
–Me queda de camino – decía
Tenía una voz muy varonil, como la de los actores que doblan a los personajes duros de las películas del Oeste. Estaba en COU y quería hacer arquitectura
-Bueno, así que no te vas a mover. ¿Te quedas aquí en la Escuela?
-Sí. Preferiría Madrid o Barcelona, aunque tampoco me importa mucho.
No es de las peores. Estuve al año pasado tres meses en Graz. Si te digo la verdad, es allí donde me gustaría estudiar, pero como eso es imposible, me quedó aquí. ¿Y tú?
Le sonreí, -Pues... yo sí me voy .Quiero hacer industriales. La escuela está en Vigo. Además me apetece cambiar - contesté
Ya -dijo sonriendo. -Ahora lo entiendo
Estaba tan guapo cuando se reía que me parecía imposible que ese chico me estuviese prestando atención
-¿Qué es lo que entiendes?-pregunté con una mueca burlona
-Jo, que tus padres te tendrán súper controlada y por eso te quieres ir
-Bueno, no es así, pero casi.
Me sentí feliz, contenta, más segura, aunque, por supuesto, intentaba esconder mis sentimientos. A veces, al salir del polideportivo, remoloneaba un rato para ver si lo veía. Caminaba despacio por el patio y continuamente observaba con el rabillo del ojo la puerta del centro. Un día, al llegar, observé una serie de miradas extrañas Era verano. Las ventanas de los vestuarios estaban abiertas, por lo que sin esfuerzo se podían escuchar las conversaciones. Estaba sola en el vestuario de chicas. Los sonidos llegaban sin interferencias Sin quererlo, mientras me cambiaba, escuché una conversación que nunca hubiese querido oír:
-No me lo creo. ¿Juegas con la amiga de Ruth? -Preguntó alguien
-Pero esa chica es una bobona -observó otro
-¿Quién? -inquirió Alberto
-La que está colada por ti, Alberto
-Pero si Alberto tiene novia
-Bueno, me parece que exageráis. Soy amable con ella, pero no voy a cambiar a mi chica por otra fea y gorda.
-Pues tendrás que dejar de mirarla.
No quería seguir escuchando más .Instintivamente me tapé los oídos. Me calcé los tenis. Me encontraba torpe y me costó atarme los cordones .La conversación seguía:
-Pues si tanto interés tienes en que yo no ligue, con ella hazlo tú -señaló
Alberto
-Anda ya, tío, y la paseas tú conmigo
-Es muy simpática
-Jo, y mi madre no te puedes imaginar lo simpática que es
Por fin estaba vestida. Cogí la mochila, me la colgué al hombro y salí sin mirar a nadie, a pesar de las preguntas que me hacían al pasar:
-Oye, ¿no juegas ahora a las siete?
-Elena, ¿te pasa algo?
Cuando llegué a la puerta de la calle tenía los ojos vidriosos, las lágrimas corrían por mis mejillas. Me llevé la manga de la sudadera a la cara y me restregué con ella. Empecé a caminar sin saber a dónde iba. Estaba tan absorta que al doblar una esquina tropecé con una persona
-Perdón -Fue mi disculpa
-Te va a pillar un coche si cruzas sin mirar -afirmó con cara de susto el transeúnte
Era ya media tarde y empezaba a anochecer. No sabía a dónde ir ni tampoco me importaba demasiado. En este momento pensé que nada merecía la pena, salvo adelgazar. Me sentía trastornada, estaba en una especie de Shock. El grado de ansiedad era tal, que al pasar por una pastelería me compré una napolitana de nata y una palmera de chocolate. De repente me sentí bien.
Bajé hacia mi casa y al llegar me acerqué, como todos los días, a saludar a mi abuela. Apenas se movía, y por supuesto, ya no sabía quién era.
Vivía en su pequeño mundo imaginario, del que no podía o no quería salir. Le di un beso en la mejilla y cerré la puerta. Vi luz en el salón, me acerqué. Mi madre estaba sentada vestida con una falda roja y una camisa de flores de villela, con sus largas piernas cruzadas. Sostenía un libro entre las manos
-Hola mamá -saludé con un hilo de voz
-Hola -contestó mi madre con una sonrisa.
- ¿Qué lees?
Levantó el libro y señaló la portada -Un libro sobre la reina -contestó
-¿Te gusta?
-Bueno, no esta mal. ¡Llegas pronto!
-¿Quieres merendar o cenar? Tu tía estuvo por la tarde y nos trajo una tarta de Santiago. Corta un trozo Cogí una bandeja y corté un trozo de tarta. Al principio pensaba una esquina; lo pensé mejor y señale con el cuchillo un cuarto de la tarta. Acompañé a mi madre en el salón. Estaba viendo un concurso al que no le prestaba demasiada atención
-¿Qué tal la tarta?-incurrió
-Buena. La ha comprado en la pastelería que está en la plaza cerca del instituto.
-¿La has probado?
-Sí, pero ya sabes que el dulce no es lo mío
Miré fijamente a mi madre
-Mama, ¿Te puedo hacer una pregunta?
Me miró sorprendida, abriendo mucho los ojos. Siempre habíamos tenido mucha confianza y no evitábamos ningún tema, ni los de contenido sexual. Charlábamos de anticonceptivos, de chicos... Me obligó a ir al ginecólogo-.Verás, mejor te lo explica un médico que cualquier chico del instituto
-Oye..., el dulce y esto de la alimentación ¿por qué lo haces?
-No te entiendo -manifestó mi madre.
Era la primera vez que abordábamos un tema tan espinoso para las dos
-Sí, que nunca tomas dulce o, si lo haces, es casi una obligación.
Me miró directamente a los ojos, intentando calibrar el interés que yo mostraba por el tema. De forma pausada, midiendo mucho las palabras, contestó:
-Me imagino que la explicación puede ser cualquiera. La verdad es que siempre fui muy delgada. Con el embarazo engordé mucho y me costó bajar os kilos de más, así que empecé a cuidarme
-¿Me lo quieres contar?
Mientras saboreaba el trozo de tarta me contó la historia de la depresión posparto. Al terminar pregunté: -Pero ¿lo hiciste por papá?
-No. Al contrario, tu padre nunca me dijo, ni aun cuando tenía diez kilos de más, que no le gustaba...
-Bueno, es que él tampoco es delgado. Sólo faltaba
-Ya, hija, pero así son las cosas. Al final te acostumbras a los sabores y casi no te das cuenta de que han cambiado tus gustos. Además, fíjate en tu abuela. Lo importante es la salud. Cuando nos hacemos mayores todos nos parecemos bastante
-Me sonrojé un poco y pregunté: -¿Tú crees que estoy gorda?
Me miró con asombro. Ni siquiera intentó contestar con una sonrisa, como era habitual en ella
-¿Por qué lo preguntas? -inquirió
-Por nada
-Tú no sabes lo que es estar gorda, y además, te lo vuelvo a repetir, el físico no es lo más importante. Por cierto, ¿a ti no te gustan los chicos? .Nunca te veo con ninguno. Miré inexpresivamente a mi madre. -¡Qué cosas tienes! -exclamé
Di por terminada la charla. Estábamos empezando a tocar temas que no me interesaba hablar con mi madre. Tenía miedo de que notase la inseguridad que empezaba a trasladar a algunos aspectos de mi vida. Crucé el pasillo.
Dejé la bandeja en la cocina y corté un trozo de queso, luego una mandarina, más tarde una pera.
Cuando estaba a punto de irme a la cama, me miré en el espejo que tenía en la habitación y vi que mi barriga estaba hinchada. La imagen que el espejo me devolvió quedó gravada en mi retina. No me gustó nada. Mi estómago se había dilatado por el atracón y me encontraba mal, muy pesada. Me metí en la cama. Cuando escuché que mi madre me decía buenas noches, apagaba la luz del pasillo y de su habitación, me levanté y fui al cuarto de baño, que estaba al fondo. Caminé a oscuras para no molestar. Bueno, no es cierto: para que no se enterase.Ya en el baño, encendí la luz y empecé a vomitar. Al principio, cuando metí los dedos en mi garganta, los primeros espasmos me dieron miedo.Al final al conseguirlo, me resultó fácil. Cuando mi estómago estaba vacío y noté en la boca el sabor amargo de la bilis, me encontré bien. Me mire al espejo de perfil y vi lo que siempre había querido ver: “el vientre plano”. En ese momento sentí el impulso de saltar, de gritar. Era feliz. Sin embargo, no sabía el infierno en el que iba a convertir mi vida y la de la gente que me quería. Faltaba poco para los exámenes finales. Pasaba mucho tiempo estudiando encerrada en mi habitación. Mi madre aprendió a no molestarme.
Me llevaba las bandejas con la comida para que no perdiese tiempo. La mayoría de las veces la comida, si yo consideraba que, según mi tabla, tenía demasiadas calorías, terminaba en la basura. Había hecho una provisión de bolsas del súper, que guardaba bajo la cama, y cuando salía para ir al instituto o a la calle las metía entre los libros o las guardaba en el bolsillo para, disimuladamente, cuando llegaba a la calle, dejarlas en el contenedor o en alguna de las papeleras que había a lo largo de la acera. A veces mi madre me recordaba que existía otro mundo:
-Elena, déjalo ya. Estás todo el día encerrada, incluso los fines de semana. Tampoco pasa nada si en vez de un siete te ponen un cinco.
-Jo qué plasta, Claro que necesito, no sólo un siete, sino un ocho.
Pero, hija, no es normal. Sal y diviértete.

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