Mi madre siempre recuerda que cuando se puso de parto, a principios de abril del 78, estaban dando la noticia de la detención de la hija de Franco en el aeropuerto de Barajas con un cargamento de joyas, medallas, sacos de monedas y alguna que otra baratija, con el fin de sacarlas del país paradepositarlas en un banco suizo.Tener una madre adicta a las revistas del corazón tiene sus ventajas.
Posiblemente la referencia que tan machaconamente repite no hubiese pasado de la categoría de anécdota y la fecha en la que nací sería simplemente un día normal del calendario si sus publicaciones de cabecera no la hubiesen hecho partícipe de la vida de cientos de personajes, a los que nunca llegó a conocer, pero formaron parte de su vida cotidiana.
RECUERDOS
El barrio era mi mundo. Mi vida se desarrollaba siempre, entre las mismas calles. Mis amigos vivían allí, mi colegio estaba allí también. Era como un extraño círculo que encerraba el paso del tiempo .Las miles de fotos que señalan los momentos importantes de esa infancia son, como una especie de collage, que me hace evocar situaciones, motivos o pequeñas anécdotas formando parte ,de ese espacio perdido en el tiempo pero ubicado en algún lugar de la memoria.
Puedo recordar la casa de piedra de mis abuelos, como escenario de los grandes acontecimientos familiares. La amplia cocina de hierro fundido con incrustaciones de metal dorado. La pila de granito bajo la ventana, tapada con cortinas de cuadros verdes de vichy. La gran mesa de madera y las sillas de enea donde todas las mañanas nos sentábamos a desayunar, pan con nata y azúcar. El olor especiado de los callos que se cocinaban el día grande de las fiestas patronales mientras, las bombas de palenque, explotaban en el aire llenando el cielo de nubes blandas y algodonosas. El corral donde las gallinas cacareaban y los conejos engordaban para formar parte de cualquier festín familiar. La huerta llena de colores y aromas... el olor dulce del naranjo, el ácido del limonero, el suave de las manzanas verdes, que recogíamos para guardar en los armarios de ropa blanca. El gato “tigre” que ronroneaba perdido, entre las piernas de los comensales, esperando las raspas del pescado como un autentico festín. “Motorista”, el perro mil leches, atado a una cadena que, volcaba su agresividad ladrando y ladrando sin parar.
El barrio era mi mundo. Mi vida se desarrollaba siempre, entre las mismas calles. Mis amigos vivían allí, mi colegio estaba allí también. Era como un extraño círculo que encerraba el paso del tiempo .Las miles de fotos que señalan los momentos importantes de esa infancia son, como una especie de collage, que me hace evocar situaciones, motivos o pequeñas anécdotas formando parte ,de ese espacio perdido en el tiempo pero ubicado en algún lugar de la memoria.
Puedo recordar la casa de piedra de mis abuelos, como escenario de los grandes acontecimientos familiares. La amplia cocina de hierro fundido con incrustaciones de metal dorado. La pila de granito bajo la ventana, tapada con cortinas de cuadros verdes de vichy. La gran mesa de madera y las sillas de enea donde todas las mañanas nos sentábamos a desayunar, pan con nata y azúcar. El olor especiado de los callos que se cocinaban el día grande de las fiestas patronales mientras, las bombas de palenque, explotaban en el aire llenando el cielo de nubes blandas y algodonosas. El corral donde las gallinas cacareaban y los conejos engordaban para formar parte de cualquier festín familiar. La huerta llena de colores y aromas... el olor dulce del naranjo, el ácido del limonero, el suave de las manzanas verdes, que recogíamos para guardar en los armarios de ropa blanca. El gato “tigre” que ronroneaba perdido, entre las piernas de los comensales, esperando las raspas del pescado como un autentico festín. “Motorista”, el perro mil leches, atado a una cadena que, volcaba su agresividad ladrando y ladrando sin parar.
Aprendí, a través de los árboles, a diferenciar el cambio de las estaciones. Me gustaba el otoño, cuando las hojas de los castaños y los robles se volvían amarillas creando, sobre el suelo, un manto dorado de hojarasca que tapaba las veredas. En primavera, veía como los parterres dejaban el tono verdoso ampliando la paleta de colores .En verano, nos sentábamos en la zona de umbría del huerto, donde las copas de los árboles formaban bóvedas vegetales que filtraban la luz, consiguiendo que pudiese revivir la magia de los cuentos. En invierno, los árboles desnudos mecidos por el viento parecían evocar el Bosque Animado de Wenceslao.
En septiembre del 83 fui por primera vez a la escuela. Tenía cinco años.
Los días anteriores mi madre me había llevado a equiparme para el colegio.
Fue la primera vez, al menos que recuerde con claridad, de lo aburrido que era ir de compras. Todas las madres de la ciudad se habían concentrado a esa hora en las plantas de niño de un centro comercial. Niños llorosos, niños enfurruñados, niños que querían subir a la planta de juguetes y no probarse ni un chándal más. Madres desesperadas, otras entusiastas. Colas en los
probadores. “Mama, tengo hambre. Mamá tengo sed. Mamá quiero pis”. Así era “la vuelta al colegio”.
Puedo evocar con claridad, a pesar de tiempo transcurrido, el primer día de clase. Recorrimos las calles del barrio hasta llegar a un edificio de tres plantas rodeado de un inmenso patio. Decenas de niños, pequeños y mayores, solos, en grupo o acompañados, formaban parte de un paisaje colorista que cualquier artista hubiese querido pintar. En la puerta, una serie de profesores saludaban a los padres que ya conocían y se presentaban a los que no conocían.
En septiembre del 83 fui por primera vez a la escuela. Tenía cinco años.
Los días anteriores mi madre me había llevado a equiparme para el colegio.
Fue la primera vez, al menos que recuerde con claridad, de lo aburrido que era ir de compras. Todas las madres de la ciudad se habían concentrado a esa hora en las plantas de niño de un centro comercial. Niños llorosos, niños enfurruñados, niños que querían subir a la planta de juguetes y no probarse ni un chándal más. Madres desesperadas, otras entusiastas. Colas en los
probadores. “Mama, tengo hambre. Mamá tengo sed. Mamá quiero pis”. Así era “la vuelta al colegio”.
Puedo evocar con claridad, a pesar de tiempo transcurrido, el primer día de clase. Recorrimos las calles del barrio hasta llegar a un edificio de tres plantas rodeado de un inmenso patio. Decenas de niños, pequeños y mayores, solos, en grupo o acompañados, formaban parte de un paisaje colorista que cualquier artista hubiese querido pintar. En la puerta, una serie de profesores saludaban a los padres que ya conocían y se presentaban a los que no conocían.
Sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases. Decenas de niños corrían por los pasillos, y subían acalorados las escaleras. Por fin llegó la profesora. El día transcurrió rápido y sin darnos cuenta mi primera jornada lectiva terminó. Al salir vi a mi madre, dije adiós a mis nuevos amigos y me acerqué corriendo con mi mochila llena de cuadernos y libros que la profesora había repartido ese día.
Aunque lo recuerdo por ser el primer día de colegio, los primeros años de mi infancia seguro que fueron una copia clónica de ése.
Los sábados cuando mis padres salían me mandaban a casa de mi abuela. Vivía relativamente cerca, en una zona de casas antiguas de cuatro plantas, sin ascensor.
El ritual siempre era el mismo; salíamos del parking. Mi padre dejaba el carril de la derecha, por el que iba el autobús, y empezaba, como siempre, a quejarse del trafico: - Ya ni los sábados se puede circular tranquilo -y de lo difícil que era aparcar-. No sé para qué quieren los garajes -al final estacionaba en doble fila, salía corriendo del coche pulsaba el timbre del portero automático
y decía-: Mamá te dejo a la niña. Voy con prisa. Vamos, Elena, sube. Yo salía remoloneando del coche, como si no tuviese ninguna prisa por llegar a mi destino. Mi abuela vivía en el segundo piso, por lo que me demoraba todo lo que podía en subir las empinadas escaleras de gres. Una de mis aficiones era contarlas y aunque, sabía de memoria el número exacto, empezaba siempre de la misma forma: -Una, dos..., cincuenta -respiraba al llegar. La puerta estaba abierta
entraba y, dando un pequeño golpe, la cerraba. Saludaba con un beso en la mejilla y dejaba mi súper mochila de colegial en el comedor donde me pasaba la tarde pintando. Creo que desde niña me aficioné al dibujo. Era bastante observadora, por lo que mis primeros cuadros “hiperrealistas” fueron: un hombre gordo, papá, una mujer muy guapa, mamá, una anciana, la abuela... A pesar de los trazos gruesos que circundan los cuerpos y los colores estridentes de los retratos dicen, que no eran muy malos. Cuando me cansaba acompañaba a mi abuela en su minúscula cocina Buscaba por los armarios los ingredientes mientras yo preparaba los cuencos y engrasaba el molde del bizcocho. Así pasaban las tardes, hasta que llegaba la hora de dormir. Me ponía el pijama rojo de Micky. Me sentaba con mi abuela en el sofá, mientras me leía cuentos. El mundo de Andersen de los hermanos Grimm, formaron parte de mi infancia. Creo que los libros que se leen durante estos años, aunque parezcan superficiales se asimilan y, nunca se olvidan. Por la mañana me despertaba con el ruido de la cafetera italiana. A mi abuela le encantaba el café. Decía que había que tomarlo con las premisas de las cuatro letras que forman la palabra:
C- Caliente
A- Amargo
F- Fuerte
E- Escaso
Me sentaba en una silla de madera mientras observaba como el humo del café bailaba sobre la taza de porcelana blanca mientras, el olor se expandía por toda la casa.
Al cumplir ocho años mi abuela se empeñó en que tenía que hacer la primera comunión.
Empecé a ir a la catequesis de la parroquia los domingos por la mañana.
Hice nuevos amigos y al fin, en mayo del 86, la fecha elegida por mi abuela “recibí la primera comunión”.
Pienso ahora, desde la lejanía, que para mí la comunión fue una pequeña fiesta de disfraces. Mi abuela me compró un vestido blanco de princesa, con zapatos de charol y una cinta de flores en el pelo. Era más alta que muchas de las niñas de mi edad. Seguro que heredé los genes de mi
madre, que medía 1,72. También la forma de su nariz, aunque no sus preciosos ojos verdes. Los míos eran negros, como los de mi padre. Tenía la cara de luna llena típica de mi abuela y era, como siempre recordaba, de constitución fuerte y huesos anchos. Dicen que ese día no escatimaron gastos. Mi madre se compró un traje chaqueta azul cielo de falda recta como uno que llevaba Grace Kelly, una de las heroínas de sus revistas. Se peinó también con un moño italiano idéntico al de la princesa- actriz y se calzó unas imponentes sandalias. Seguía siendo muy joven: tenía entonces treinta años y había logrado, tras años lidiando con la báscula, bajar a su deseada talla cuarenta. Cuando salió de la habitación nos quedamos con los ojos muy abiertos,
estaba guapa, muy guapa.
Mi padre, que casi nunca llevaba corbata, se la puso ese día. Hacia sol, aunque el cielo estaba salpicado de pequeñas nubes blancas, que a lo largo del día desaparecieron. Fuimos a la iglesia caminando. Desde casa quedaba muy cerca.
Mi traje blanco de organdí me llegaba a los tobillos. Un inmenso trozo de raso rosa daba la vuelta a mi cintura, para formar un lazo sobre la espalda.
Al llegar observamos mucha gente: la familia, los amigos de mis padres y sus hijos, y también mis amigos del barrio, esperándonos en el atrio de la iglesia.
No sabría qué decir de la ceremonia. La iglesia era nueva, como muchas de las que se habían construido en los barrios de la ciudad en los últimos años. El interior era muy austero, salvo los bancos, un crucifijo de madera y el centro de flores blancas colocado a los pies del altar. El resto de la decoración la ponían los coloridos trajes de los fieles.
No recuerdo mucho más. Tuve frío y mi madre me puso una chaqueta que había sacado del bolso. De vez en cuando el silencio o las palabras del cura se interrumpían con toses o estornudos. Llegó la comunión y posiblemente en ese momento fui feliz. Al salir de la iglesia nos hicimos
muchas fotos. Luego me quedé con mi madre, mientras mi padre recogía el coche en casa, organizando “la logística del transporte” .Teníamos que acomodar a los niños del barrio o a mis amigos del colegio en el coche de algún invitado.
Íbamos de grupo en grupo asignando niños y explicando cómo podían llegar al restaurante a aquellos que, por ser de fuera, no conocían su ubicación. El banquete se celebró en un restaurante, enorme de los muchos que empezaron a proliferar en los polígonos de las grandes ciudades, especializados en bodas, banquetes y comidas de empresa. Cuando llegamos estaban allí mis amigos, así que dejé a mi familia, corriendo hacia ellos. Los invitados estaban tomando el aperitivo en el bar. Desde la calle, donde jugaba con mis amigos, se oían voces, risas, música...
Mis padres nos llamaron y nos hicieron entrar. El salón donde se celebraba la comunión era grande, Tenía las paredes verde agua y unas horribles cortinas que tamizaban el paso de la luz. Las mesas, decoradas con pequeños centros de flores colocados sobre manteles blancos, estaban
situadas formando una C... Los camareros empezaron a depositar sobre las mesas platos variados: embutidos, mariscos, croquetas, calamares... El vino empezó a correr. La gente se empezó a animar, las voces aumentaron de volumen y las risas se hicieron cada vez más fuertes.
Mi madre se levantaba de vez en cuando y venía a nuestra mesa para preguntar si estábamos bien, si nos gustaba la comida, sonreía a los invitados parándose a charlar. -¿Qué tal?- preguntaba. Llegó el segundo plato. Los camareros ofrecían humeantes trozos de
cordero asado y patatas a la panadera. Por fin llegó la tarta. Era de nata, adornada con petit-choux de caramelo y chocolate. Tenía tres pisos y me llamaron para cortarla. Me hicieron la foto. Sonreía a la cámara y miraba con ojos golosos el postre del que iba a disfrutar.
Llegó el champán
-¡Por Elena, para que sea una chica estupenda! -Fue el brindis Sobre las cinco, cuando ya habíamos terminado de comer, sonó la música. Nos quedamos todos con los ojos muy abiertos al ver que mi padre, con la corbata torcida y la camisa remangada, cogía a mi madre de la cintura y
la saca al centro del salón, donde empezaron a bailar. Nunca los había visto así. Pensé que no sabían bailar, aunque no lo hicieron mal. Dieron unas cuantas vueltas en círculo, siguiendo la música, hasta que terminó. Sonaron aplausos y, como si de dos bailarines profesionales se tratase, saludaron agradecidos moviendo la cabeza. Años más tarde me enteraría de que ésa fue
la música de su boda... Las canciones se reanudaron, pero sólo los niños, mis amigos, dieron
vueltas con Mecano, Los Secretos, Hombres G, Nacha –Pop...
Al final, agotados, los invitados empezaron a levantarse, agradeciéndonos la invitación
-- ¡Nos vemos! -decían a modo de despedida
Recogimos los muchos regalos que me habían hecho: libros, películas de video, discos, ropa, la play... Al final, cuando nos montamos en el coche, casi no cabíamos. Después de ese día, mi abuela me recogía los domingos para ir a misa. Desconozco cuánto tiempo duró, pero un buen día le dije que no quería ir y nadie me obligó Entre los recuerdos de esa época, una de las cosas más divertidas era las visitas al supermercado. Los sábados iba con mi padre. Me gustaba más ir con él que con mi madre. A pesar de la lista, me dejaba coger galletas, chocolate, bollitos industriales, que mi madre odiaba; llenábamos el carro de conservas, sardinas, mejillones, bonito... Cuando llegábamos mi madre ponía el grito en el cielo. Todo tenía colesterol, todo engordaba, todo era malo. Sus eternas revistas, “la Biblia de la alimentación”, eran su único credo. La idea de una alimentación sana, a su forma, no bajo las premisas de un endocrino, sino bajo las suyas y de sus revistas, era fuente de continuos problemas. La leche descremada, las galletas dietéticas, el pan integral...
Recuerdo, además, momentos muy buenos cuando mi madre me prestaba ayuda con los deberes En el colegio tenía todas las tardes libres. Cuando terminaba de comer me dejaba sentarme con ella para ver la tele. En invierno nos acomodábamos en el sofá de flores amarillas y, tapadas con una mantita, pasábamos parte de la tarde, mientras oíamos el ruido de la lluvia en los cristales (en Coruña las ventanas deberían tener parabrisas, como los de los coches, para apartar las gotas de lluvia de los cristales).
-Mamí, ¿por qué habla tan raro esa gente?
-Porque son venezolanos. No es raro, es su acento.
Cuando terminaba el culebron más famoso de la televisión, “Cristal”, apagaba la tele y nos poníamos con los deberes. En ocasiones me ponía delante de sus revistas y le preguntaba:
-Mamí ¿qué es un régimen hi-po-ca-ló-ri-co?
-Pues es que la comida que tomas no engorda.
-¡Como la que tú haces! -
-Más o menos
-¿Por qué no podemos comer hamburguesas como mi amiga Ruth? -
-Cariño, claro que puedes. Sólo que es mejor el bistec
Desde la lejanía que da el paso del tiempo ahora entiendo que mi madre intentó hacerlo bien. Sin embargo, en ese momento me sentía como un bicho raro cuando mis amigas en el colegio me contaban que habían comido “Nuggets”, “Fingers”. Cuando veía que en el recreo sacaban sus bollitos, sus barras de “Kit-Kat”, palomitas, gusanitos...
Aunque lo recuerdo por ser el primer día de colegio, los primeros años de mi infancia seguro que fueron una copia clónica de ése.
Los sábados cuando mis padres salían me mandaban a casa de mi abuela. Vivía relativamente cerca, en una zona de casas antiguas de cuatro plantas, sin ascensor.
El ritual siempre era el mismo; salíamos del parking. Mi padre dejaba el carril de la derecha, por el que iba el autobús, y empezaba, como siempre, a quejarse del trafico: - Ya ni los sábados se puede circular tranquilo -y de lo difícil que era aparcar-. No sé para qué quieren los garajes -al final estacionaba en doble fila, salía corriendo del coche pulsaba el timbre del portero automático
y decía-: Mamá te dejo a la niña. Voy con prisa. Vamos, Elena, sube. Yo salía remoloneando del coche, como si no tuviese ninguna prisa por llegar a mi destino. Mi abuela vivía en el segundo piso, por lo que me demoraba todo lo que podía en subir las empinadas escaleras de gres. Una de mis aficiones era contarlas y aunque, sabía de memoria el número exacto, empezaba siempre de la misma forma: -Una, dos..., cincuenta -respiraba al llegar. La puerta estaba abierta
entraba y, dando un pequeño golpe, la cerraba. Saludaba con un beso en la mejilla y dejaba mi súper mochila de colegial en el comedor donde me pasaba la tarde pintando. Creo que desde niña me aficioné al dibujo. Era bastante observadora, por lo que mis primeros cuadros “hiperrealistas” fueron: un hombre gordo, papá, una mujer muy guapa, mamá, una anciana, la abuela... A pesar de los trazos gruesos que circundan los cuerpos y los colores estridentes de los retratos dicen, que no eran muy malos. Cuando me cansaba acompañaba a mi abuela en su minúscula cocina Buscaba por los armarios los ingredientes mientras yo preparaba los cuencos y engrasaba el molde del bizcocho. Así pasaban las tardes, hasta que llegaba la hora de dormir. Me ponía el pijama rojo de Micky. Me sentaba con mi abuela en el sofá, mientras me leía cuentos. El mundo de Andersen de los hermanos Grimm, formaron parte de mi infancia. Creo que los libros que se leen durante estos años, aunque parezcan superficiales se asimilan y, nunca se olvidan. Por la mañana me despertaba con el ruido de la cafetera italiana. A mi abuela le encantaba el café. Decía que había que tomarlo con las premisas de las cuatro letras que forman la palabra:
C- Caliente
A- Amargo
F- Fuerte
E- Escaso
Me sentaba en una silla de madera mientras observaba como el humo del café bailaba sobre la taza de porcelana blanca mientras, el olor se expandía por toda la casa.
Al cumplir ocho años mi abuela se empeñó en que tenía que hacer la primera comunión.
Empecé a ir a la catequesis de la parroquia los domingos por la mañana.
Hice nuevos amigos y al fin, en mayo del 86, la fecha elegida por mi abuela “recibí la primera comunión”.
Pienso ahora, desde la lejanía, que para mí la comunión fue una pequeña fiesta de disfraces. Mi abuela me compró un vestido blanco de princesa, con zapatos de charol y una cinta de flores en el pelo. Era más alta que muchas de las niñas de mi edad. Seguro que heredé los genes de mi
madre, que medía 1,72. También la forma de su nariz, aunque no sus preciosos ojos verdes. Los míos eran negros, como los de mi padre. Tenía la cara de luna llena típica de mi abuela y era, como siempre recordaba, de constitución fuerte y huesos anchos. Dicen que ese día no escatimaron gastos. Mi madre se compró un traje chaqueta azul cielo de falda recta como uno que llevaba Grace Kelly, una de las heroínas de sus revistas. Se peinó también con un moño italiano idéntico al de la princesa- actriz y se calzó unas imponentes sandalias. Seguía siendo muy joven: tenía entonces treinta años y había logrado, tras años lidiando con la báscula, bajar a su deseada talla cuarenta. Cuando salió de la habitación nos quedamos con los ojos muy abiertos,
estaba guapa, muy guapa.
Mi padre, que casi nunca llevaba corbata, se la puso ese día. Hacia sol, aunque el cielo estaba salpicado de pequeñas nubes blancas, que a lo largo del día desaparecieron. Fuimos a la iglesia caminando. Desde casa quedaba muy cerca.
Mi traje blanco de organdí me llegaba a los tobillos. Un inmenso trozo de raso rosa daba la vuelta a mi cintura, para formar un lazo sobre la espalda.
Al llegar observamos mucha gente: la familia, los amigos de mis padres y sus hijos, y también mis amigos del barrio, esperándonos en el atrio de la iglesia.
No sabría qué decir de la ceremonia. La iglesia era nueva, como muchas de las que se habían construido en los barrios de la ciudad en los últimos años. El interior era muy austero, salvo los bancos, un crucifijo de madera y el centro de flores blancas colocado a los pies del altar. El resto de la decoración la ponían los coloridos trajes de los fieles.
No recuerdo mucho más. Tuve frío y mi madre me puso una chaqueta que había sacado del bolso. De vez en cuando el silencio o las palabras del cura se interrumpían con toses o estornudos. Llegó la comunión y posiblemente en ese momento fui feliz. Al salir de la iglesia nos hicimos
muchas fotos. Luego me quedé con mi madre, mientras mi padre recogía el coche en casa, organizando “la logística del transporte” .Teníamos que acomodar a los niños del barrio o a mis amigos del colegio en el coche de algún invitado.
Íbamos de grupo en grupo asignando niños y explicando cómo podían llegar al restaurante a aquellos que, por ser de fuera, no conocían su ubicación. El banquete se celebró en un restaurante, enorme de los muchos que empezaron a proliferar en los polígonos de las grandes ciudades, especializados en bodas, banquetes y comidas de empresa. Cuando llegamos estaban allí mis amigos, así que dejé a mi familia, corriendo hacia ellos. Los invitados estaban tomando el aperitivo en el bar. Desde la calle, donde jugaba con mis amigos, se oían voces, risas, música...
Mis padres nos llamaron y nos hicieron entrar. El salón donde se celebraba la comunión era grande, Tenía las paredes verde agua y unas horribles cortinas que tamizaban el paso de la luz. Las mesas, decoradas con pequeños centros de flores colocados sobre manteles blancos, estaban
situadas formando una C... Los camareros empezaron a depositar sobre las mesas platos variados: embutidos, mariscos, croquetas, calamares... El vino empezó a correr. La gente se empezó a animar, las voces aumentaron de volumen y las risas se hicieron cada vez más fuertes.
Mi madre se levantaba de vez en cuando y venía a nuestra mesa para preguntar si estábamos bien, si nos gustaba la comida, sonreía a los invitados parándose a charlar. -¿Qué tal?- preguntaba. Llegó el segundo plato. Los camareros ofrecían humeantes trozos de
cordero asado y patatas a la panadera. Por fin llegó la tarta. Era de nata, adornada con petit-choux de caramelo y chocolate. Tenía tres pisos y me llamaron para cortarla. Me hicieron la foto. Sonreía a la cámara y miraba con ojos golosos el postre del que iba a disfrutar.
Llegó el champán
-¡Por Elena, para que sea una chica estupenda! -Fue el brindis Sobre las cinco, cuando ya habíamos terminado de comer, sonó la música. Nos quedamos todos con los ojos muy abiertos al ver que mi padre, con la corbata torcida y la camisa remangada, cogía a mi madre de la cintura y
la saca al centro del salón, donde empezaron a bailar. Nunca los había visto así. Pensé que no sabían bailar, aunque no lo hicieron mal. Dieron unas cuantas vueltas en círculo, siguiendo la música, hasta que terminó. Sonaron aplausos y, como si de dos bailarines profesionales se tratase, saludaron agradecidos moviendo la cabeza. Años más tarde me enteraría de que ésa fue
la música de su boda... Las canciones se reanudaron, pero sólo los niños, mis amigos, dieron
vueltas con Mecano, Los Secretos, Hombres G, Nacha –Pop...
Al final, agotados, los invitados empezaron a levantarse, agradeciéndonos la invitación
-- ¡Nos vemos! -decían a modo de despedida
Recogimos los muchos regalos que me habían hecho: libros, películas de video, discos, ropa, la play... Al final, cuando nos montamos en el coche, casi no cabíamos. Después de ese día, mi abuela me recogía los domingos para ir a misa. Desconozco cuánto tiempo duró, pero un buen día le dije que no quería ir y nadie me obligó Entre los recuerdos de esa época, una de las cosas más divertidas era las visitas al supermercado. Los sábados iba con mi padre. Me gustaba más ir con él que con mi madre. A pesar de la lista, me dejaba coger galletas, chocolate, bollitos industriales, que mi madre odiaba; llenábamos el carro de conservas, sardinas, mejillones, bonito... Cuando llegábamos mi madre ponía el grito en el cielo. Todo tenía colesterol, todo engordaba, todo era malo. Sus eternas revistas, “la Biblia de la alimentación”, eran su único credo. La idea de una alimentación sana, a su forma, no bajo las premisas de un endocrino, sino bajo las suyas y de sus revistas, era fuente de continuos problemas. La leche descremada, las galletas dietéticas, el pan integral...
Recuerdo, además, momentos muy buenos cuando mi madre me prestaba ayuda con los deberes En el colegio tenía todas las tardes libres. Cuando terminaba de comer me dejaba sentarme con ella para ver la tele. En invierno nos acomodábamos en el sofá de flores amarillas y, tapadas con una mantita, pasábamos parte de la tarde, mientras oíamos el ruido de la lluvia en los cristales (en Coruña las ventanas deberían tener parabrisas, como los de los coches, para apartar las gotas de lluvia de los cristales).
-Mamí, ¿por qué habla tan raro esa gente?
-Porque son venezolanos. No es raro, es su acento.
Cuando terminaba el culebron más famoso de la televisión, “Cristal”, apagaba la tele y nos poníamos con los deberes. En ocasiones me ponía delante de sus revistas y le preguntaba:
-Mamí ¿qué es un régimen hi-po-ca-ló-ri-co?
-Pues es que la comida que tomas no engorda.
-¡Como la que tú haces! -
-Más o menos
-¿Por qué no podemos comer hamburguesas como mi amiga Ruth? -
-Cariño, claro que puedes. Sólo que es mejor el bistec
Desde la lejanía que da el paso del tiempo ahora entiendo que mi madre intentó hacerlo bien. Sin embargo, en ese momento me sentía como un bicho raro cuando mis amigas en el colegio me contaban que habían comido “Nuggets”, “Fingers”. Cuando veía que en el recreo sacaban sus bollitos, sus barras de “Kit-Kat”, palomitas, gusanitos...
HOY EMPIEZO A LEER ESTE LIBRO, Y A VER, QUE TAL ESTA... LUEGO YA OS CONTARE QUE TAL, HASTA LA NOCHE, UN BESO.




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