TALLA XLNunca me había preocupado mucho la ropa. Me gustaba la de Ruth, pero a mí no me quedaba bien, por lo que, cuando empezaron los problemas, decidí cambiar mi forma de vestir. Al principio al probarme ropa, me miraba en el espejo del probador metiendo la barriga hacia dentro para disimular lo que, según las revistas de mi madre, eran michelines. La realidad es que pretendía vestir una 16 cuando mi talla era la 18. Cuando logré adelgazar y casi me cabía la 14, la imagen que veía en el espejo tampoco era la que yo quería ver, por lo que, cuando iba de compras, cogía un montón de ropa para, al final, a veces dejarla toda en el probador.
-Mamá, necesito dinero para comprar unas sudaderas y unos vaqueros.
-Coge en la cartera de la habitación el dinero que necesites Si no te llega, te doy más. ¿Cuánto crees que te vas a gastar?
-No tengo ni idea. Hace tiempo que no me compro nada
Mis esfuerzos de esa tarde para buscar. Tanto pantalones como camisetas talla XL dieron sus frutos. Era obvio que me quedaban grandes: quería ocultar mi cuerpo. En ese momento los huesos de la espalda se empezaron a marcar
ABUELA, ADIOS
Un día, cuando llegué a casa, me encontré las luces apagadas y la casa en silencio: “¡Qué raro!”, pensé. Al entrar encendí la luz del hall. Vi sobre la mesa de la entrada un folio con la letra de mi padre: “Elena estamos en el hospital con la abuela. Te llamamos”
Dejé mi bolsa de deporte en la cocina. Me había quitado los calcetines sudados. Aunque en los últimos años mi abuela vivió en su particular universo, para definirlo habría que ser médico y yo no lo soy. Recordé, en esa cálida noche de verano, muchas escenas de nuestra vida que, como una película, pasaron ante mí. La recordé con mi abuelo cuando me llevaban a la Playa de Riazor y, cogidos de la mano, me metían en el agua; cuando me compró el vestido de la primera comunión; preparando la comida de navidad durante horas y horas, con su mandil de flores azules, mientras yo hacía de pinche, pelando patatas o batiendo huevos. La bici que me encontré el día de reyes en su casa con un gran lazo rojo. Los patines, con los que estuve a punto de pegarme el trompazo de mi vida. Sentí sus besos en la mejilla, la calidez de sus abrazos, el calor de sus ojos. Evoqué su tristeza cuando ingresaron a mi abuelo y no recuerdo ahora, cuántos días después, me abrazó diciendo: “El abuelo ya no está”.
Añoré los últimos tiempos cuando le cogía la mano o le leía un libro por la noche .Cuando la miraba, a veces parecía sonreír, otras me seguía con su mirada, como si con este movimiento quisiese decir: “Sigo aquí”. Un buen día dejó de hablar. Sólo emitía pequeños sonidos. Sus ojos estaban tristes, no sé, yo diría que ausentes. Parecía, cuando me quedaba con ella, que estaba muy lejos de esa habitación, en otro lugar, quizá en otro mundo, el mundo de los sueños en el que todos querríamos vivir. Me acosté esa noche, como siempre, sin cenar y con una inmensa tristeza. A las siete de la mañana oí el cerrojo de la puerta y los pasos primero de mi padre, luego los tacones de mi madre. Me levanté y cuando me puse la bata salí al pasillo. Mi madre estaba dejando el bolso en la entrada. Unas profundas bolsas azuladas rodeaban sus ojos. Me pareció muy mayor. Tenía la falda arrugada y el pelo revuelto
-Mamá...
Rodeé con mis brazos los tensos músculos de mi madre. No sé si lo que dije tuvo o no sentido:
-Mamá, es mejor así. Esto no era vida.
Mi madre se abrazó a mí y lloro, lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Fueron momentos muy duros. El día del entierro, cuando los empleados del cementerio cerraban con ladrillos el nicho, sentí cómo el corazón se partía en dos. Abracé a mi padre, que en ese momento intentaba contener las lágrimas. Me pasó el brazo por mi hombro y lloré sobre su camisa azul. Salimos del recinto cuando todos los que nos acompañaban se fueron. La brisa mecía los cipreses de la entrada. Subimos al coche y nos dirigimos en silencio a casa. Cuando entramos, mi padre se derrumbó, se tapó las manos con la cara y empezó a sollozar. Intenté consolarlo, pero mi madre estiró su brazo, colocó su mano en mi hombro y dijo:
- Elena, déjalo, es mejor.
Nos sentamos en el salón. Mi madre se descalzó. Nos quedamos en silencio. Oíamos los sollozos entrecortados de mi padre. Así paso algún tiempo. Mi madre se levantó restregándose sus ojos,
hinchados.
-Elena, estoy agotada, no puedo más. Me voy a la cama.
Encendí la televisión. Me quedé un rato en el salón, pero era incapaz de seguir el programa. Sólo veía una sucesión de borrosas imágenes que no me decían nada, apenas escuchaba los diálogos, por lo que decidí apagarla y salir del salón. Al día siguiente era sábado. Al levantarme me encontré a mi padre en la cocina. Estaba despeinado, con la camisa del pijama mal abrochada. Tenía los ojos enrojecidos, hinchados, enmarcados por unas profundas bolsas negras que le habían crecido bajo los párpados. La piel sin afeitar parecía oscura; su mirada, fija en la taza del café, su mano derecha dada vueltas y vueltas a la cuchara, como si participase en alguna especie de ridículo concurso para ver quién era capaz de dar mas vueltas en menos tiempo.
-Hola. ¿Has dormido? -pregunté
-No -Fue su cortante respuesta.
Siguió dando vueltas a la cuchara sin prestarme atención. Al sentir el aroma evoqué las letras de mi abuela: C-A-F-E y, me entristecí.
Mi madre se abrazó a mí y lloro, lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Fueron momentos muy duros. El día del entierro, cuando los empleados del cementerio cerraban con ladrillos el nicho, sentí cómo el corazón se partía en dos. Abracé a mi padre, que en ese momento intentaba contener las lágrimas. Me pasó el brazo por mi hombro y lloré sobre su camisa azul. Salimos del recinto cuando todos los que nos acompañaban se fueron. La brisa mecía los cipreses de la entrada. Subimos al coche y nos dirigimos en silencio a casa. Cuando entramos, mi padre se derrumbó, se tapó las manos con la cara y empezó a sollozar. Intenté consolarlo, pero mi madre estiró su brazo, colocó su mano en mi hombro y dijo:
- Elena, déjalo, es mejor.
Nos sentamos en el salón. Mi madre se descalzó. Nos quedamos en silencio. Oíamos los sollozos entrecortados de mi padre. Así paso algún tiempo. Mi madre se levantó restregándose sus ojos,
hinchados.
-Elena, estoy agotada, no puedo más. Me voy a la cama.
Encendí la televisión. Me quedé un rato en el salón, pero era incapaz de seguir el programa. Sólo veía una sucesión de borrosas imágenes que no me decían nada, apenas escuchaba los diálogos, por lo que decidí apagarla y salir del salón. Al día siguiente era sábado. Al levantarme me encontré a mi padre en la cocina. Estaba despeinado, con la camisa del pijama mal abrochada. Tenía los ojos enrojecidos, hinchados, enmarcados por unas profundas bolsas negras que le habían crecido bajo los párpados. La piel sin afeitar parecía oscura; su mirada, fija en la taza del café, su mano derecha dada vueltas y vueltas a la cuchara, como si participase en alguna especie de ridículo concurso para ver quién era capaz de dar mas vueltas en menos tiempo.
-Hola. ¿Has dormido? -pregunté
-No -Fue su cortante respuesta.
Siguió dando vueltas a la cuchara sin prestarme atención. Al sentir el aroma evoqué las letras de mi abuela: C-A-F-E y, me entristecí.




1 comentario:
ay nena se me calleron unos lagrimones al leer la historia, me trajo muchos recuerdos, a mi se me han muerto muchas personas y una muy importante que aun extraño, ha sido la muerte mas dolorosa para mi, sobre todo porque fue un accidente horrible y yo vi todo, es algo que aun no supero 100%, pero he sabido salir adelante, a veces prefiero pensar que Dios se lleva a la gente mas buena de este mundo para que ya no sigan sufriendo, es lo mejor, ahora tu abuela descansa en paz y seguro se ha encontrado con toda mi gente ahi en el cielo, y desde ahi nos cuidan como los lindos angeles que son, no se si dios existe, no se si cuando mueres tu alma va a algun lado que no sea bajo tierra, pero prefiero pensar en dios y en angeles, porque me siento mejor y me da fuerzas para salir adelante.
No sabes cuanto lo siento y cuantos recuerdos me trajo tu historia, pero nosotras seguimos aqui vivas y la vida sigue y no para, asi que a levantarse y seguir adelante!
Bezos, cuidate muxo!!!
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